Así ha cambiado Raphael, desde que se abrió camino en la música hace 60 años

Nunca quiso ser cantante, eso decidió muy pronto que se le quedaba pequeño. Él siempre quiso ser artista. Y para muestra el nombre que usa en su cuenta de Twitter y de Instagram, que abrió para celebrar sus 60 años sobre los escenarios: Raphelartista. Rafael Martos supo muy pronto que cambiar la letra «f» de su nombre por las más internacionales «ph» sería un buen paso en el camino de convertirse en una estrella internacional, y de ahí alcanzar el mito. Lo logró. Hoy Raphael cumple 79 años, una edad en la que ya parece todo hecho en la vida pero en la que él sigue reinventándose.

El propio artista ha explicado en qué ha cambiado con el paso de los años: «En el escenario lo disfruto todo. Antes por los nervios no me centraba hasta la quinta canción, pero ahora ya salgo centrado», reconoce en Raphaelismo. la serie documental de cuatro episodios sobre su vida  (Movistar+). Lo que no ha cambiado son sus llenos hasta la bandera, con o sin nervios.

Nacido en Linares (Jaén) en 1943 en el seno de una familia humilde, el hijo de la cantarina ama de casa Rafaela Sánchez y el ferrallista Francisco Martos se subió por primera vez a un escenario con 3 años. Era en su colegio, pero era un escenario al fin y al cabo. Y hasta tuvo un gran coro detrás: sus compañeros de escuela. En casa le llamaban cariñosamente Falín, pero fuera de la familia recibió los sobrenombres de Ruiseñor de Linares, Niño de Linares y Divo de Linares. Un año después se unió a un coro infantil y a los 9 años fue reconocido la mejor voz infantil de Europa en el Festival de Salzburgo (Austria).

De ahí a conquistar el mundo a partir de finales de los años sesenta, abrir el mercado Latinoamericano a artistas que vinieron después como Julio Iglesias o Camilo Sesto y casarse con la nieta del conde de Romanones, la periodista Natalia Figueroa, hubo un paso no tan largo.

Raphael estuvo en el show de Ed Sullivan y llenó el Madison Square Garden cuando ningún español triunfaba en Estados Unidos y es uno de los cuatro artistas en recibir un disco de uranio porque el oro y el platino se le quedaban cortos por sus ventas discográficas totales. Aunque, todo sea dicho, no hay una certificación oficial que avale el porqué de tal otorgamiento. Los otros son AC/DC por Back in black (1980), Queen por Greatest hits (1981) y Michael Jackson por Thriller (1982). Ese trofeo, que creó para él Hispavox por haber vendido más de de 50 millones de copias, se exhibe en una vitrina del museo dedicado al artista, en Linares (Jaén).

Saber quién es Raphael no es fácil. Sus maneras y sus gestos no siempre fueron entendidos. Lo que antes era considerado amaneramiento, hoy es visto como  un sello personalísimo. Francisco Umbral lo describió en su día como «el último artista hecho a mano». Y en la era de la prefabricación de éxitos ahí sigue el que fue niño bonito del franquismo, arriesgando, siendo el más moderno de los modernos en el Sonorama del 2014, con los duetos en  Raphael, maldito Raphael (2001), un disco cuyo título y primer single estaban inspirados en la canción Maldito Duende de Enrique Bunbury, o trabajando con el compositor Lucas Vidal, con el que colaboró en REsinphónicoVanity Fair lo eligió personaje del año en el 2021.

Cuando tenía 10 años, el pequeño Raphael pudo entrar en el teatro a cantar. La primera vez que llegó a las dos de la mañana a casa, caminando desde Gran Vía hasta Cuatro Caminos (Madrid), su madre le dio una colleja. Pero él se mantuvo firme: “Pues empezamos mal, madre, porque yo voy a ser artista y seguiré yendo al teatro», ha explicado.

No había cumplido aún los 18 años cuando se colaba en un bar de alterne de la madrileña calle Ballesta, donde Manuel Alejandro tocaba el piano rodeado de prostitutas. Raphael, en un rincón para pasar inadvertido, no se perdía las notas musicales de quien iba a ser su compositor principal. Aquellas canciones del músico jerezano fueron las primeras que Raphael grabó en 1962 para el sello Philips, de ahí, dicen, la «ph» de su nombre artístico. Su participación en el Festival de Benidorm de ese año le supuso su primer triunfo. Actuó vestido con un traje confeccionado por él porque había sido ayudante en una sastrería. Le otorgaron el premio de interpretación.

En 1966 representó a España en Eurovisión con Yo soy aquel. Quedó en séptima posición y la prensa extranjera lo definió como “la gran víctima de Eurovisión”. Al año siguiente repitió con la canción Hablemos del amor, que le dio la sexta posición. No ganó, pero se comió el mundo. Fue el primer hispanohablante en actuar en el Madison Square Garden (Nueva York), cantó con Tom Jones en la BBC y actuó en Moscú cuando España no tenía relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.

Hizo una docena de películas y su rostro joven, en blanco y negro, sobre un enorme cartelón, permaneció en los años setenta durante varias temporadas en la fachada del Teatro Monumental de Madrid. Conseguía lleno diario.

El artista de uranio ha disfrutado del éxito, pero también ha padecido la soledad de las giras. Nunca había bebido o fumado, pero empezó a vaciar el minibar en la soledad de sus habitacions de hotel «porque me hacía dormir». A mediados de los 80 tuvo una hepatitis B y el consumo de alcohol hizo que en el 2003 tuviera que someterse a un trasplante de hígado.

Aunque por primera vez se ha implicado en un documental sobre su figura, el andaluz no se ve a sí mismo en blanco y negro prefiere mirar hacia delante que hacia atrás. Ha declarado que para él, el pasado no existe. “Es un defecto muy cruel, porque no me deja disfrutar del éxito. Estoy en el escenario pensando en el mañana, salgo y saco defecto a todo, pero a la vez me ayuda a seguir aprendiendo».